SILENT RUNNING o cuando la sci-fi tomó conciencia ecológica

 

En un año tan galáctico como en el que nos encontramos, he pensado en comentaros una película de culto que a mí particularmente siendo muy joven cuando la descubrí por vez primera, me sobrecogió enormemente por su mensaje.  Y es que este “funcionamiento silencioso” o como aquí se la conoció como “naves silenciosas”, transmite una inquietud y a la vez una sensación de inmensidad frente al inabarcable espacio que continuamente se nos muestra con unos bellísimos planos.

Esta película concebida en una época en la que predominaban la ciencia ficción más pesimista (recordemos “el planeta de los simios”), en la que se nos mostraba al hombre como el principal enemigo del planeta que lo vio evolucionar. Alimentada por esta corriente, un especialista en los efectos especiales Douglas Trumbull, dirigió este largometraje con pocos actores y lo que parecía bastante novedoso, unos robots que toman un protagonismo especial a lo largo de los acontecimientos que se suceden.

La trama no puede ser más triste, la vida en la tierra se ha hecho casi insoportable: No hay problemas de hambre ni de desempleo, pero la temperatura es uniforme en todo el planeta y ya no quedan bosques. Se ha sacrificado la naturaleza a favor del desarrollo, de hecho la forma de alimentación se basa en comida sintética. 

En un intento de salvar la vida natural y con el fin de repoblar con vegetación la Tierra, cuando las condiciones fuesen propicias, en el espacio viajan unas enormes cúpulas en las que están encerrados los últimos bosques y animales.  Al cargo de este último vestigio de vida vegetal está un científico ecologista y tres compañeros más controlan que todo funcione correctamente. Cuando llegan órdenes de destruir las cúpulas, sin motivo alguno y con la vida vegetal, se desencadenará una profunda crisis interna en nuestro protagonista.

El viaje espacial se nos presenta como un viaje sin futuro, una huida hacia delante que no puede acabar bien. El protagonista se verá acompañado en su aventura por tres robots (bastante simpáticos pese a su sencillez) a los que irá dotando de personalidad y habilidades a base de modificar su programación. Nadie comparte su sueño de salvar la vida vegetal ni nadie comprenderá su aventura. Está solo, completamente solo en el vacío del espacio exterior a cargo de la misión de salvaguarda de los últimos vestigios botánicos. La infinita soledad del espacio nunca me ha parecido tan fría ni desoladora.

Su mensaje ecologista no ha dejado de tener validez pues tiene absoluta trascendencia en los tiempos que corren. Subrayando con una bellas melodías de las canciones de Joan Baez, que acompaña en su soledad al inestable personaje interpretado por un Bruce Dern en estado de gracia.

Silent running se ha convertido en una película de culto para muchos de los amantes de la ciencia ficción entre los que me incluyo. Alejada de lo que persigue el cine actual con explosiones, imágenes aceleradas e historias poco atractivas ya desde el inicio, este film con un mensaje profundamente ecologista y humanista nos induce a la reflexión de donde nos encontramos y hacia donde podríamos acabar si no ponemos remedio al impulso destructivo de la especie humana.

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